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martes, 17 de abril de 2018

El valor de la vida y el disfrutar del momento…


(Relato reflexivo + cuento)  de  María Cecilia Fourcade Galtier




Las primeras horas de la mañana corrían ya; el sol apenas asomaba, entibiando el aire puro, e iluminando con su brillo, el paisaje que transitaba.  Mientras caminaba, el tiempo parecía hacerlo suavemente, como en cámara lenta; para poder disfrutar a pleno, cada segundo de él.
Volvía de la panadería, donde había comprado el pan, calentito, recién horneado, para tomar el desayuno. 

Ya de regreso en mi casa, mientras calentaba el café, observaba por la ventana, el jardín que había comenzado a matizar su color, entre amarillos, ocres y verdes. Una hermosa paleta de colores típica del otoño.
Si, el otoño había comenzado. Un cálido abrazo, entre hojas que crujen y caen para contarnos que se acerca el fin de un ciclo, pero también la oportunidad de un nuevo reverdecer.
El sol tibio ilumina las primeras hojas doradas, que caen de los árboles. El tiempo comienza a marcar otro ritmo, un compás amigable, con ese nuevo entorno, que se dibuja a través de la ventana. Anochecerá más temprano, es cierto. Por eso, vale la pena disfrutar cada uno de los instantes, que nos regalan, los días del otoño. La oportunidad de sentir cobijo puertas adentro, pero también, de respirar hondo el aire fresco, que se nos ofrece, en una caricia suave y misteriosa, cada mañana. Viento en la cara, 
¿hay una imagen mejor para ilustrar el verbo vivir?

Vivo sola, en este lugar, al que llamo mi paraíso, mi “Sérénité”… difícil se hace describirlo con palabras, donde en realidad, aquí intervienen todos los sentidos.
Es el mejor escenario, donde puedo darle espacio a mi solitud (una de las tres formas de la soledad).
Si, No hay una única manera de estar solos: hay quienes lo viven como una carencia, pero también están quienes se sienten a gusto frente a la oportunidad de conquistar su territorio interno, para luego vincularse positivamente con otros.
La solitud: una antigua palabra de nuestro idioma, que me gusta imaginar, creada por quien sabe trazar un puente, entre la soledad y la plenitud. Algunas personas, anhelamos la solitud, pues estamos saturadas de ruido, de gente, de demanda… o porque, simplemente, somos solitarias en alto grado: la elegimos como estilo de vida. Así, encontramos que la solitud, es casi como una materia prima: aquella, con la que construimos nuestros días, nuestras horas, nuestros descansos, nuestras creaciones y recreaciones.
Cuando la solitud es sana, tiene además un espacio jolgorioso, al que invitar a las personas elegidas. El contacto con los demás, en esta persona solitaria, puede ser algo precioso, semejante al sonar de las notas de una música −serena o cantarina−, que sólo puede apreciarse, justamente, porque tiene como fondo un grato silencio, confeccionado por esa soledad elegida.
Hoy, esa materia prima, me inspiró para escribir este relato, sobre el “Valor de la Vida” y del “Disfrutar del momento”.
Yo asisto todas las tardes, a una Residencia para personas mayores, para acompañar a una abuela muy especial.
En estos días, se produjo una mudanza en el hogar, a una nueva casa, mucho más grande y confortable para ellos.
Mientras aguardaba para acompañarla, donde sería su nueva habitación, charlaba con ella, hasta que la asistente, nos avisa, que ya podemos pasar allí.
Conforme camina lentamente, usando su bastón, yo le voy describiendo su cuarto, incluyendo la hoja de papel que sirve como cortina en la ventana, “Me gusta mucho”, dijo con el entusiasmo de una niña, que ha recibido un regalo.
 -  Pero abuela, usted no ha visto su cuarto, espere un momento, ya casi llegamos.
- “Eso no tiene nada que ver”, contesta.
-  “La felicidad yo la elijo por adelantado. Si me gusta o no el cuarto, no depende del mobiliario o la decoración, sino de cómo yo decido verlo”.
-  “Ya está decidido en mi mente, que me gusta mi cuarto. Es una decisión que tomo cada mañana cuando me levanto”.
“Yo puedo escoger: Puedo pasar mi día en la cama enumerando todas las dificultades que tengo con las partes de mi cuerpo que no funcionan bien, o puedo levantarme y dar gracias a Dios por aquellas partes que todavía trabajan bien”.
“Cada día es un regalo, y  mientras yo pueda abrir mis ojos, me enfocaré en el nuevo día y en todos los recuerdos felices que he construido durante mi vida”.
“El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad con que suceden. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables”.
La verdad, que me quedé muda… Que fuerte, la lección de vida, que ella me estaba dando!! Que inyección de POSITIVISMO!!!
Las actitudes que tomamos en cada instante, condicionan y crean nuestro futuro, y son una herramienta poderosísima, de la que a menudo, no somos conscientes, ya que en las actitudes que adoptemos, reside el signo y el significado final, que tendrá nuestra vida.

“Cuando mi sufrimiento se incrementó, pronto me di cuenta de que había dos maneras con las que podía responder a la situación: reaccionar con amargura o transformar el sufrimiento en una fuerza creativa”. Cita de Martín Luther King.

Por eso, me hace muy feliz, interactuar con ella, y todas las personas mayores a las que ayudo; pues es una ida y vuelta. Yo les enseño, lo nuevo y los adelantos de este tiempo; y ellos, me entregan toda su sabiduría y experiencias de vida.
Gracias Dios, por elegirme, para entregar mi tiempo y trabajo en esto que realizo!!... Y por el don de escribir, para poder compartir todo esto, con todos los demás. Me nutre de felicidad día a día.
Cómo disfruto, de cada momento de mi vida!!  Y me gustaría, que los demás, también lo hicieran… Por ello, les voy a contar este cuento, como reflexión final; porque sé que les va a movilizar…
Había una vez un hombre que estaba decidido a disfrutar de la vida.
Él creía que para eso debía tener suficiente dinero.
Había pensado que no existe el verdadero placer, mientras éste, deba ser interrumpido, por el indeseable hecho, de tener que dedicarse a ganar dinero.
Pensó, ya que era tan ordenado, que debía dividir su vida para no distraerse en ninguno de los dos procesos: primero ganaría dinero y luego disfrutaría de los placeres que deseara.
Evaluó que un millón de dólares sería suficiente para vivir toda la vida, tranquilo. El hombre dedicó todo su esfuerzo a producir y acumular riquezas.
Durante años, cada viernes abría su libro de cuentas y sumaba sus bienes.
-    Cuando llegue al millón- se dijo- no trabajaré más. Será el momento del goce y la diversión. No debo permitir que me pase lo de otros- se repetía-, que al llegar al primer millón, empiezan a querer otro más.
Y fiel a su duda hizo un enorme cartel que colgó en la pared:
SOLAMENTE UN MILLON
Pasaron los años.
El hombre sumaba y juntaba. Cada vez estaba más cerca. Se relamía anticipando el placer que le esperaba.
Un viernes se sorprendió de sus propios números:
La suma daba 999.999,75
¡Faltaban 25 centavos para el millón! Casi con desesperación empezó a buscar en cada chaqueta, en cada pantalón, en cada cajón las monedas que faltaban….No quería tener que aguardar una semana más.
En el último cajón de un armario encontró finalmente los 25 centavos deseados.
Se sentó en su escritorio y escribió en números enormes:
1.000.000
Satisfecho, cerró sus libros, miró el cartel y se dijo:
-   Solamente uno. Ahora a disfrutar…
En ese momento sonó la puerta.
El hombre no esperaba a nadie. Sorprendido, fue a abrir. Una mujer vestida de negro con una hoz en la mano le dijo:
-   Es tu hora.
La muerte había llegado.
-   No….- balbuceó el hombre-. Todavía no…..No estoy preparado.
-   Es tu hora- repitió la muerte.
-   Es que yo…..El dinero….El placer….
-   Lo siento, es tu hora.
-   Por favor, dame aunque sea un año más, yo postergué todo esperando este momento, por favor…
-    Lo lamento- dijo La muerte.
-   Hagamos un trato- propuso desesperado-: yo he conseguido juntar un millón de dólares, llévate la mitad y dame un año más. ¿Sí?
-   No.
-   Por favor. Llévate 750.000 y dame un mes….
-   No hay trato.
-   900.000 por una semana.
-   No hay trato.
-   Hagamos una cosa. Llévatelo todo pero dame aunque sea un día. Tengo tantas cosas por hacer, tanta gente a la que ver, he postergado tantas palabras…por favor.
-  Es tu hora- repitió La muerte, implacable.
El hombre, bajo la cabeza, resignado.
-   ¿Tengo unos minutos más?- preguntó.
La muerte miró unos pocos granos de arena en su reloj y dijo:
-   Sí.
El hombre tomó su pluma, un papel de su escritorio y escribió:
Lector:
Quienquiera que seas. Yo no pude comprar un día de vida con todo mi dinero.
Cuidado con lo que haces con tu tiempo.
Es tu mayor fortuna…

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